Micro relato 3 - Entre cajas

Estamos a sábado y me he propuesto ordenar todo lo que queda, que no se diga que no trabajo eficazmente fuera de la oficina también. Me puse música rock, saqué el cúter y empecé a abrir y ordenar. Sobre el medio día tomé un descanso para tomar una ensalada con un poco de salmón a la plancha y relajar un poco la espalda. Al terminar sonó el timbre y fui a abrir la puerta. Thea, mi deslumbrante vecina de cabello ondulado, estatura media y sonrisa radiante.

- Buenas Nadia, ¿qué tal? He pensado que querrías tomar un helado para refrescarte un poco en este día tan agradable- me dijo sonriendo.

- La verdad es que ahora mismo no me apetece mucho, me he pasado la mañana ordenando cosas y tengo la espalda un poco cargada, preferiría no salir ahora o procrastinaré lo que queda de día- comenté rechazando su invitación.

- Pues entonces te ayudo, así acabas antes y podremos ir a tomar el helado- siempre respondía con cosas que eran casi como un capricho.

- Thea, no hace falta, de verdad, esto es mi responsabilidad.

- Tonterías. Venga, vamos- y entró como un torbellino. Cerré la puerta tras ella y la seguí hasta el salón.

- Bueno, me queda el estudio y el salón, lo demás ya está todo…- dije ciertamente incómoda. No es que tuviera algo que esconder, es que siempre me he tenido que buscar la vida para hacer las cosas y que alguien se ofrezca, se me hace raro.

- Pues el salón primero.

Nos pusimos a sacar objetos de cajas y ella me preguntaba dónde iba colocando las cosas. La verdad es que se hacía más ameno. Charlábamos de películas, libros, música… Yo estaba concentrada ordenando unos libros en la estantería alta, sobre la televisión y noté unas manos rodearme por detrás. Un cálido aliento en mi nuca y un pecho pegarse a mi espalda. Me quedé inmóvil, sin saber cómo reaccionar. Me dio un beso en el cuello y descaradamente acarició mis pechos sobre la blusa de tirantes.

- Thea, ¿qué haces? - dije entrecortadamente entre nerviosa y… excitada.

- Tienes una piel que me llama a gritos Nadia, no puedo ignorarla- susurró.

Me giró y fue directo a mis labios, pasionales, carnosos, con un ligero sabor a melocotón. Era un beso muy cargado que me dejó bastante más en shock. Ella se separó de mi y me miró a los ojos: deseo y lujuria.

Perdí el hilo de mi cordura mientras me perdía en sus ojos color miel. Nos retiramos la ropa con mucha urgencia, primero las camisetas, luego su falda, mi pantalón. Su ropa interior me provocaba más, por lo que la retiré y la arrastré al sofá, para besarla, acariciar y estrujar suavemente sus pechos, bajar a su vientre con besos húmedos. Escuché sus gemidos y me encargué de bajar su tanga para besar sus labios y lamer su clítoris. Hasta en ese punto su sabor era dulce, delicioso, adictivo.


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