Sueños ajenos
Sueños no soñados, sueños que no son míos ni los he pensado, pero los comparten y los leo... Y los imagino... Y aquí me veo, otro día más, plasmando una irrealidad entre palabras.
Siendo verano, un día muy caluroso. Sí, verano, y una ola de calor. ¿Por qué quedamos este día? Nadie lo sabe, pero estábamos tranquilos. Una brisa acariciaba nuestras pieles, cubiertas con la mínima ropa. Tu en pantalón corto y camiseta sin mangas, como las de baloncesto. Yo con un vestido corto y una gorra. No sé si el destino así lo quiso, pero el parque estaba en calma, casi desierto, pocas parejas paseaban como nosotros.
Un momento, ¿he dicho parejas como nosotros? Bueno, para qué engañarse, aquello era toda una cita, o pretendía serlo. Había mucho césped y árboles, bancos al sol y a la sombra, un lago en medio, varias fuentes en marcha. A pesar de lo agobiante que era el calor de ese día, era un día brillante, con mucha luz, y no sé realmente si ese recuerdo que aún guardo era por el mismo astro o era por ti. No había podido escucharte reír casi nunca, las circunstancias para ti no eran fáciles y luchabas a diario por mantenerte en pie, aunque muchas otras veces querías tirar la toalla. No te culpo, la vida a veces es demasiado gris. Pero no aquel día, no sé realmente qué pensabas, pero estabas tranquilo, podría atisbar una semi sonrisa en tu rostro casi todo el tiempo, gastabas bromas y nos reíamos, juntos...
Al cabo de un rato paramos a tomar un helado y recordé que me dijiste una vez que el de chocolate no te gustaba, algo que teníamos en común. Así que te dije que buscaras un banco a la sombra para sentarnos, y cual caballero marchaste a la derecha, adentrándote en la plaza y acercándote a la zona de los bancos. Yo le pedí al señor dos helados, uno de menta con trocitos de chocolate y otro de turrón con fresa. Después de pagarle fue muy amable en colocarme los helados con servilletas en las manos y poder ir con ellos a buscarte.
Al girarme, casi se me caen los helados del susto, te habías platado detrás de mi con una sonrisa de medio lado. Los helados estaban a la altura de mi rostro y tu te acercaste peligrosamente a mis labios, pero no fuiste a besarme, sino a dar un lametón a mi helado de turrón.
- Me gusta mucho el turrón, gracias - susurraste aún cerca de mi cara.
- Bueno, pensé que preferías el de menta con chocolate - susurré nerviosa y ruborizada.
Reíste un poco, me diste un beso en la frente, retiraste el helado de menta de mi mano y empezaste a andar.
- Vamos, hay un banco perfecto allí.
Y después de seguirte y sentarnos a comer helado, que por cierto, sí, era el banco perfecto, el mundo volvió a explotar en colores. Tu aliento olía a menta y volvías a estar en paz, aunque fuera por unos instantes.
Comentarios
Publicar un comentario
- Puedes dar tu opinión (a favor, a medias o en contra) siempre desde el respeto y con argumentos, es decir, utiliza la crítica de forma constructiva.
- No publiques información sensible o personal en los comentarios ya que no nos hacemos cargo de quién pueda utilizarla.