Lucía
"Simplemente me dejé llevar por todo aquello que sentía por ti, no quise reprimir nada y perder la experiencia que estaba viviendo. Quizás fue inconsciencia o temeridad, pero debía seguir ahí, a tu lado, con todo lo malo y con todo lo bueno, aunque hubiera poco.
No encontré realmente la señal que mi mente pedía a gritos que encontrara y que me alejara de ti, que aquello no estaba bien, mi corazón ahogaba las palabras que la razón trataba de hacerme llegar cada vez que ponías un dedo encima de mi piel.
De todas formas es tarde, no queda nada de mi cuerpo que salvar, mi mente está destruída y mi corazón ha dejado de latir, ni siquiera me voy feliz de haber vivido lo que viví, el motor que me hacía seguir a tu lado se ha quebrado y no hay marcha atrás.
Veo a mi familia llorar, a mis amigos sufrir y a mi pequeña hija con ojos inexpresivos, perdidos. No la cuidé como debía, no le enseñé a ser fuerte y valiente, a tomar las decisiones más alocadas por ser más correctas que lo convencional. No le pude enseñar nada de lo que debía. Quizás no he sido la persona más ejemplar para ella, solo espero que sea mejor que yo y que llegue más lejos."
Lucía yacía en una caja sin vida, tratando de disimular sus incontables heridas entre ropa y maquillaje, esperando la indicación de sus familiares para ser incinerada. Su marido en la carcel condenado a cadena perpetua y deja una hija de 12 años que se siente muy perdida, no entiende por qué a ella y no sabe a quién hablar. Se siente sola, triste y desamparada.
Los padres y hermanos de Lucía miran a la pequeña Laura sin saber cómo reaccionar o cómo tratarla. Lucía se había alejado desde que empezó su relación con el culpable de su pronta muerte, habían visto a la niña en navidades y algunos cumpleaños. Por suerte saben que Lucía la protegió siempre que Derek quería pegar a Laura, pero las secuelas psicológicas no se saben a dónde llegarán.
Los amigos, sin embargo, están ahí porque nunca quisieron abandonar a Lucía, a pesar de sus continuos plantones y excusas baratas para no verse. La seguían las veces que coincidían por la calle cuando su amiga no se daba cuenta de que estaba alguno cerca. Decían que Lucía se había quedado ciega de razón, que no sabían cómo salvarla o ayudarla. Ni las llamadas a psicólogos, policías o abogados sirvieron para que su querida amiga abriera los ojos a la verdad.
Hoy todos pagan su falta de decisión entre lágrimas, lamentos y "Y si..."s que no llevan a ningún lugar. Lucía, sentada al lado de su propio cuerpo, observa la situación y decide quedarse a cuidarlos, a protegerlos de todo lo que ella vivió. Desde entonces, Lucía Domínguez, se convirtió en un espíritu que rechazó cualquier lugar que no fuera estar al lado de sus seres queridos.
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