Envuelto en suspiros

Ella parecía imperturbable, solitaria y llena de frío. Sus ojos no propagaban el brillo de las cosas, eran absorbentes, como la noche misma. Sus ojos..., tenebrosos, fríos y sin luz, de un verde tan intenso como el césped en la noche de luna llena, con sus pequeñas zonas marrones miel. Y su piel, ¡oh, qué piel más suave! No cabía duda que era como una diosa, o mi representación de una diosa, en carne y huesos.
Aquella noche llevaba un vestido negro, ajustado hasta el muslo, marcando sus curvas, realzando sus pechos en un escote liso que llamaba a todo hombre o mujer a mirar. Su pelo suelto, con esa sensación de que la eterna noche se ocultaba en cada mechón negro salido de su cabellera. No recuerdo más de su aspecto, me había perdido en su mirada, de nuevo, en aquellos ojos tan fríos, que castigaban a todo aquel que osara desafiarla como si llevase un látigo en la mano.
Cada poro de mi piel estaba en guardia, una parte de mí gritaba que escapara y la otra que fuera a por ella, que la tentara, que la cubriera con mis brazos y la llevara a otro plano de existencia. Y como si fuéramos imanes danzando entre bolas metálicas, en el transcurso de la fiesta ambos nos fuimos acercando y alejando, queriendo y no queriendo, como si hubiera una fuerza mayor jugando con nosotros. El tiempo se detuvo de nuevo cuando nuestras miradas se volvieron a cruzar. Ahora no imponía su presencia, sus ojos habían cambiado el frío por la ardiente llama de una promesa que aún no había sido pronunciada, pero mi cuerpo la captó, se estremeció y sin más preámbulos se acercó. En ese momento me sentí como un mero espectador, sin control sobre mis acciones.
Desaparecimos.
Sin más preámbulos nos fundimos con la noche. Había tensión en la habitación, pero era una tensión que retumbaba en cada parte del lugar y se debía a nosotros, a la atracción que ejercíamos el uno sobre el otro. Hasta ese momento no me había fijado en que ella estaba tan embrujada como yo.
Y empezó la guerra. Nos acercamos con premura y nos besamos, intentando saciar la sed en los labios del otro, esparciendo íntimas caricias por cada parte de su cuerpo, del mío, quitando la ropa con rabia por ser un obstáculo. Saboreé su cuello, bajé hasta sus pechos, la hice gemir, desear más. La vi cerrar los ojos, arquear la espalda sobre aquella cama, no sé cuando llegamos realmente a ella, ni en qué momento nos habíamos deshecho completamente de la ropa. Pero estábamos en pleno fuego, empezando la aventura que aún, años más tarde, estremece mi piel con solo recordarla.
Nuestros cuerpos desnudos, ardientes e insaciables se encontraban, se encogían con el contacto de las manos del otro. Ella quería más, quería que la volviera loca, que disipara cada niebla de su mente, que fundiera cada bloque de hielo de su corazón, que la hiciera vibrar bajo mi cuerpo. Y así lo hice.
Volví a atacar sus labios, con más demanda, con más urgencia. Volví a atacar su cuello, ambos lados, sin dejar marca visible, pero audible, sus gemidos hacían eco en mi cabeza y en la habitación. Alzó las piernas para rodear mi cuerpo y atraerme hacia ella, quería notar en su intimidad mi erección y yo la dejé hacer. Acariciaba mi espalda, mi cabello mientras entre indefensa y necesitada hundía su cabeza en mi cuello. Bajé a sus pechos, para volver a jugar con ellos, succionando sus pezones, mordisqueándolos, chupándolos. Ella había perdido el norte, solo jadeaba y se retorcía bajo mi cuerpo. Cesé en mi ataque con intención de quedarme observándola. Sus ojos ahora eran vidriosos, con mucha intensidad en ellos, pero ya no eran fríos, decían "más, quiero más, hazme tuya". Y lo hice, de una embestida entré en ella arrancando en ambos un gemido.
Estaba mojada. Podía entrar con  completa fluidez dentro de ella. Aún así la notaba ciertamente prieta, pero se adaptaba a mí con rapidez según iba entrando y saliendo, arrancándole más jadeos. No recordaba en su momento, ni siquiera ahora, una sensación más embriagadora y deliciosa que aquella. La tenía abierta de piernas, tumbada en la cama, yo entre sus piernas, sujetando su cadera con ambas manos y ella tenía una mano en su pecho derecho, sujetándolo y estrujándolo y la otra bajo su cabeza. Reiteraba mi imagen de una diosa en su mayor esplendor, con su pelo liso revuelto por la cama, su piel con un ligero brillo por el sudor y los escalofríos del placer. Y dejé de penetrarla. Salí de su interior, mas ocupé el lugar con mi boca, me urgía saborearla, degustar sus fluidos que habían empezado a mezclarse con los míos. Me vi obligado a sujetar sus piernas abiertas con mis manos, pues ella las cerraba, y yo quería torturarla, hacerla enloquecer, marcar cada rincón de su intimidad con mi lengua. Se retorcía y gemía cada vez más alto, jadeaba sin control y empezó a convulsionarse bajo mis labios y mi lengua. Se corrió. Notaba los espasmos de su cuerpo mientras de dejaba llevar por el placer y su respiración se iba normalizando. Lo que ella no sabía es que aquello solo acababa de empezar.
Mientras se terminaba de recuperar, acariciaba su abdomen y sus brazos, su piel, suave, era deliciosa, no podía evitar desperdigar besos por toda la superficie que estaba a mi alcance. De pronto, hizo un gesto, algo que no me esperaba, y de un giro se puso sobre mí. Solo dijo dos palabras, pero hizo que mi cuerpo se volviera candente: me toca. Ahora era ella quien devoraba mis labios, me mordisqueaba la oreja, el cuello y los hombros. Arrancó de mi boca suspiros que no se han vuelto a repetir. Una maestría que recuerdo como si hubiera sido ayer noche. Mi pene estaba apoyado entre sus nalgas, que ella muy tentadora hacía jugar mientras se movía para besar distintas zonas de mi piel. Me tocaba ser el torturado,  aunque era una tortura muy deliciosa.
De un movimiento hizo que mi pene entrara dentro de su vagina y empezó a moverse lentamente. Estaba con la espalda recta, podía ver sus pechos y me dispuse a tocarlos. Mientras tanto ella seguía con su ritmo calmado, subiendo y bajando. El pelo alborotado sobre su rostro, con las mejillas ligeramente sonrosadas, un leve jadeo salía de nuestras bocas. Se medio tumbó sobre mí, apoyando su peso en las manos, ahora sus duros pezones rozaban mi pecho. El movimiento seguía siendo lento. Aproveché para agarrar su culo y estrujarlo en mis manos, ayudándola a moverse sobre mi miembro erecto.
Paró en seco y se levantó, pero solo para ponerse de cuclillas y volver a introducirme en ella. Aquello era el paraíso. Ahora si que se movió con más velocidad. Me hizo volver casi loco, estaba disfrutando de una manera inigualable. Volvió a parar, para besarme con pasión y sed. De nuevo se separó para darse la vuelta y ahora tenía su culo a mi vista. Otra vez aumentó la velocidad en la que sus caderas se movían, haciendo que mi pene entrara y saliera. Yo estaba al borde del orgasmo y ella empapadísima de nuevo. Era todo placer, lujuria, sensualidad y pasión.
Paró despacio de moverse, y tras levantarse, me dijo: ahora de lado. Aquello me estaba volviendo loco. Me disponía a girarme cuando me agarró el pene y empezó a masturbarme. Con lentitud, quería alargar todo aquello más tiempo y yo, estaba encantado. Yo tenía los ojos cerrados, disfrutando de su mano sobre mi miembro y de pronto sentí cómo se lo metía en la boca, y lo chupaba, con suavidad, nada intenso, solo quería jugar como si fuera una piruleta. Qué sensación más fabulosa, a decir verdad lo hacía muy bien. Mi mente se preguntó cómo era tan buena, pero descarté ese pensamiento y seguí dejándome llevar por el placer. El cual duró relativamente poco, por lo menos de aquella forma. Ahora si que me indicaba que me girara.
Ella se acostó a mi lado, también sobre su lado izquierdo, y agarrando su hombro izquierdo y su cintura por el lado derecho, empecé a moverme de nuevo dentro de ella. Aquello era delicioso, no sé cómo no había estallado ya en un intenso orgasmo, pero en cierto modo no quería que aquello acabara, quería estar dentro de ella moviéndome todo el tiempo, sin descanso. Oí como jadeaba, estaba más estrecha en aquella posición debido a sus piernas cerradas. Oí como suspiraba y volvió a hablar: quiero que terminemos en la posición del perrito. Aquello fue música para mis oídos. Era mi posición favorita para terminar, aunque la que estaba experimentando también estaba entre mis favoritas.
Ralenticé el ritmo y me salí para hacerle una indicación para que se pusiera a cuatro patas.Me situé rodeando sus piernas dejando las suyas cerradas y así que el placer fuera máximo para los dos. La penetré con suavidad, aquella postura me solía llevar al orgasmo muy rápido y quería disfrutar un poco de las vistas de su culo. Hice entradas lentas y profundas, pausando antes de entrar y al llegar al fondo. Cerré los ojos, cogí aire y empecé a hacerlo más fuerte y rápido. Jadeó, noté como se llevaba su mano a su clítoris para estimularlo mientras la penetraba de esa manera.
Esperé con mucho esfuerzo a que ella llegara, controlando mi respiración todo lo posible y la sensación del estímulo en todo mi cuerpo. Cada vez estaba más prieta y mojada. Noté cómo movía con más velocidad su brazo, extasiada y agitada por mis movimientos y los suyos, y llegó a un nuevo orgasmo y me dejé ir. Aquello fue la gloria. Notar toda la corriente de placer entumeciendo mi cuerpo y mis sentidos, relajando y creando espasmos a la vez en cada parte de mi ser. Sigo diciendo que fue el mejor orgasmo que he tenido. Poco a poco se nos fue normalizando la respiración, salí de ella, me tumbé a su lado y me dormí abrazándola.

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